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#1: “NO QUIERO VOLVER AL INSTITUTO”

ANÓNIMO

Cuando todo empezó, yo estaba en sexto de primaria, tendría solo unos 11 o 12 años.
Realmente me costó mucho darme cuenta de lo que estaba pasando pero, aunque tardé en reaccionar, logré salir adelante. 

Todo comenzó con burlas, y con insultos que para mí eran totalmente inocentes, porque ¿en qué cabeza entra, que niños de 11 o 12 años puedan hacer cosas así? 

Yo pensé que simplemente se quedarían ahí, riéndose de mí, que no era tan malo. Al fin y al cabo todos se reían de todo. Peeeero… la cosa como pasa en las telenovelas, empeoró y lo más duro llegó cuando pasaron a decirme palabras mayores, amenazarme, humillarme, y un largo etc. 


“Muchas veces, engañaba a mi madre diciéndole que no
había clases, porque ir al colegio se convirtió en un calvario”



Todo pasó tan rápido…

Aunque no lo parezca, yo siempre fui una niña feliz, alegre, bromista, y siempre pasé de este tipo de cosas. Nunca le daba importancia, pero supongo que sobrepasaron los límites.

Todavía, a día de hoy, no se si fueron las continuas burlas, las humillaciones o el encontrar un día tras otro cartitas bajo mi pupitre, mis cuadernos hechos polvo, con hojas arrancadas, papeles rotos, la mesa tirada, arañazos en la mesa con cosas bastantes desagradables a esa edad, lo que hizo que poco a poco, me hizo ver que esto no era ninguna tontería.

No se lo que fue, de verdad, pero lo que si sé es que se cargaron mi infancia.   

Pasé de ser una niña atenta, responsable, participativa en clase,  a ser una desentendida en las clases, y estar más atentas a mis compañeros que a las lecciones que se explicaban día a día. Yo no me daba cuenta de nada.

Para mí, al principio todo estaba igual. No hablé con mis padres, ni con los profesores, por que ¿para qué? Supongo que hasta yo misma le quitaba hierro al asunto. Pero, obviamente, el mal rendimiento que estaba teniendo se reflejó en las calificaciones, y es cuando pasó mi auténtico calvario. ¿Yo? ¿En serio? ¿Yo estoy sacando estas notas? 

Pero realmente lo que más me aterraba no eran las broncas de mis padres cuando las vieran, sino que ya no solo iba a ser la niña de familia pobre del colegio, y por si fuera poco eso también era de una raza distinta. Imaginaros. Ya no solo iba a ser, textualmente, “La ingrata y maldita niña negra, que viene a molestar en clase” sino que también iba a ser la “negra inútil, y tonta que no sirve para hacer divisiones”. 

La verdad, ahora mismo no sé si me dolía más las agresiones verbales, la desatención de algunos profesores, o la despreocupación de estos al ver como mis calificaciones cayeron de un trimestre para otro, sin, aparentemente, ningún motivo. 

Pero la cosa no se quedó ahí. 

Recuerdo, cada segundo, de ese día. 

Llegué a clase, y antes de llegar a mi mesa, la típica niña favorita de la clase, me cogió del hombro, y yo pensaba que me iba a pedir perdón. Pero nuevamente estaba equivocada. Lo que pretendía era agarrarme para que viera lo que iban a hacerme.  

Entonces todos los niños de la clase, comenzaron a chillar alrededor, insultarme, reírse.  Me sentaron en una silla, algunas niñas me agarraron, y todos los demás, comenzaron a tirar todas mis cosas, a jugar con mis cuadernos, tirar mis libros, pintarme la cara con mis propios bolígrafos. Y yo no podía hacer nada. Solo podía cerrar los ojos, y rezar para que todo acabara pronto. 

Claro, la vida me tenía preparada una sorpresa, que no esperaba para nada. 

Ese día, no recuerdo bien, si era la directora, o si era la dueña del colegio. En cuanto vió mis fachas, yo creí que me iba a defender, e iba a preguntar quien había hecho eso. Pero, no fue así. 

Me agarró del brazo, me sacó de clase, y me llevó al despacho de la dirección. Llamaron a mis padres, y me expulsaron con la excusa de que estaba siendo una niña rebelde y que molestaba a mis compañeros. ¿Perdón? Yo me quedé fría. 

Gracias a Dios, mis padres reaccionaron a tiempo, pudieron poner una denuncia. Disolvieron el claustro de profesores, y al poco tiempo tuvieron que cerrar el colegio porque le llevaron varias denuncias. 

Después de todo eso, tuve que hacer años de terapia, volví a ir al colegio, unos años más tarde y cuando fui creciendo y madurando, decidí estudiar magisterio. Sentí que mi deber era ayudar esos niños indefensos que, aún, a día de hoy sufren de #Bullying y los colegios intentan taparlo. 

Actualmente, es donde trabajo. Unos cuantos años más mayor, soy la directora de ese colegio, con un nuevo claustro de profesores, por supuesto. 

De todo se sale. 

¡Mucho ánimo!

No os olvidéis de que el instituto no es eterno. 

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CASOS ANTERIORES

  • #1: "No quiero volver al instituto"
    Realmente me costó mucho darme cuenta de lo que estaba pasando pero, aunque tardé en reaccionar, logré salir adelante. 

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